miércoles, 9 de abril de 2008

La Violencia como Fenómeno

A comienzos de la temporada 2007 preocupados por la violencia en el fútbol publicábamos esta nota, mostrando no sólo nuestra preocupación por esta problemática sino fundamentalmente nuestras propuestas. La persistencia lamentable del fenómeno vuelve a plantear la vigencia de estos párrafos, que con tal motivo volvemos a publicar.

Cada temporada que se pone en marcha trae con ella, “perro fiel pero importuno”, la ya saturante violencia.
No sólo satura la repetición de hechos sin sentido sino, casi tanto como ellos, tener que escuchar otra vez una andanada de razonamientos ultraremachados. Uno de los más clásicos es el que refiere a “un grupo de violentos” que interfiere en un verdadero “fenómeno social como es el fútbol”.
Si esto es así, la violencia y estos “pequeños grupos de inadaptados perfectamente identificables” son cuanto menos una parte de ese fenómeno social, por no decir un fenómeno social en si mismo.
Podemos verlo en varios aspectos:
Son numéricamente muy significativos; cada club, por pequeño que sea, sin importar en que categoría juegue ni de que pueblo del país sea, tiene su barra, que suele estar conformada desde algunas pocas docenas de personas hasta varias centenas de miembros, esto nos da unos cuantos miles de integrantes de estos “pequeños grupos”.
Más importante es a la hora de considerarlos un fenómeno social un segundo hecho: sus acciones están legitimadas desde su exterior, y no hablo sólo de su asiento en intereses de varios tipos, sino también de la gran periferia que aplaude o acompaña pasiva pero aprobatoriamente los peores de sus actos.
Cada vez que se enfrentan dos barras esto queda bien a la vista, miles de personas alientan tanto o más que a sus jugadores a los grupos en conflicto. ¿Cuántos son los que amenazan con cantos cada domingo a la hinchada rival?
Un elemento más complejo que los “legitima” es el hecho inobjetable de que la sociedad los soporta, su propia existencia lo comprueba.
Existencia que ya ha traspasado varias generaciones, demostrando que el lugar social del barra excede a su ocupante temporal.
Las barras, como todo colectivo social, como toda acción humana frente a otro, requieren legitimidad para existir y actuar, requieren la convalidación social de sus actos, y más, es ello una de las principales razones para que los cometan.
La valoración social obtenida por pertenecer y actuar en una barra es una de las causas de sus existencias.
El integrante de la barra de Chacarita que se destaque en un enfrentamiento con otra barra obtendrá una valoración social mayor entre sus pares generacionales de Loyola o Villa Maipú durante toda la semana.
Se podría graduar la capacidad de lucha, el “aguante”, de cada hinchada midiendo la importancia que tiene entre los jóvenes de cada barrio “aguantar con la banda” el domingo o el sábado.
Quienes pasamos cientos de horas en las populares sabemos bien la admiración o al menos temor ascendente que inspiran los que pueblan los para-avalanchas, sin duda podremos descubrir que hasta en nosotros mismos lo han inspirado.
Las barras parecen una deformada evolución de los guapos de esquinas de las primeras décadas del siglo 20, su versión adaptada a una sociedad colectivizada por la industrialización, el fútbol mismo siguió el crecimiento industrial del país.
Sus diferencias con aquellos “guapos” tal vez sea sólo una distorsión producto un exceso de idealización borgiana de aquellos forajidos, proxenetas y asesinos que el escritor de Palermo admiraba como un chico de La Boca idolatra hoy al Rafa Di Zeo.
Es teniendo en cuenta este cuadro que cobra sentido la quita de puntos, no para aceitar los controles dirigenciales sobre un fenómeno que los excede, sino para erosionar la legitimidad que otorga esa enorme periferia a las barras y sus accionares violentos.
Existe una alta probabilidad de que si la consecuencia de estas acciones es un perjuicio deportivo, los hinchas “comunes” vayan quitando consenso a los “violentos”.
Que esto significará injusticias deportivas es tan cierto como inevitable si deseamos atacar seriamente este problema. Será hora de elegir cual es la prioridad: evitar hechos que implicaron muchas muertes en los últimos años o seguir exigiendo una estricta justicia deportiva que no se solicita en otros ámbitos.
Tal vez se desfiguren algunos torneos, pero si aplicamos esta medida avanzaremos enormemente hacia el fin de la violencia en el fútbol.
Sin la legitimación de la que todos participamos posiblemente las barras no desaparezcan, porque su existencia no se agota en ejecutar hechos violentos, pero sí podemos dar un paso enorme hacia su transformación en un hecho festivo.

Alejandro Irazabal

jueves, 20 de marzo de 2008

Ya Nadie se la Banca

Una canción de gesta se ha perdido
entre sórdidas noticias policiales

Con estos versos se quejaba Borges de la secularización que había sufrido su admirada “secta del cuchillo y el coraje”. Malevos del novecientos que aparecen en sus versos como habitantes de “una mitología de puñales” que se acuchillaban sin necesidad de “odio, lucro o pasión de amor”.
Una nobleza de bajos fondos que respondía a valores de sangre azul pero en las formas de la más intensamente roja. La sangre plebeya la sabemos venida de sus orígenes, las propiedades de la azul sólo de la imaginación del poeta.
La realidad es que aquellos taitas borgianos eran seres de una calaña muy distinta a la pintada por la pluma maestra. El beso que les permitió salir de sapos y transformarse en los príncipes reos de Palermo fue la gigantesca marginalidad preindustrial de un Buenos Aires con una enorme desproporción masculina producto de las modalidades de la ola inmigratoria europea. Para 1914 la diferencia en favor de los varones era de 518.000 hombres. La combinación entre esta desproporción y la marginalidad creciente generó un “comercio” tan viejo como efectivo, la prostitución. Aquellos malevos eran en su mayoría proxenetas que usufructuaban un lugar ganado a fuerza de cuchilladas.
Ellos nada tenían que ver con los inmigrantes anarquistas y socialistas que solían tener como vecinos de cuadra. Vivían sumergidos en sus cotidianeidades y las cuchilladas elevadas a míticas por Borges eran sus compensaciones de trascendencia, sus remedos de heroísmo, en general causadas por la lucha por el servilismo vil de una “mina” de la que extraer oro de su caverna.
Su relación con las generalidades era tan ruin como cualquier otra de sus formas de supervivencia. Por ejemplo, solían servir a algún caudillo político a cambio de diversas formas de bienestar, siendo común que cayeran en igual indigna sumisión que aquella a la que sometían a sus “milonguitas”.
La industrialización por sustitución de importaciones, que impone la crisis mundial originada a fines de los años 20, genera una progresiva proletarización de aquellas multitudes marginales de las décadas anteriores. La desproporción masculina se va reduciendo hasta desaparecer, el negocio se acaba y puede ser prohibido con efectividad. Pero principalmente, en la nueva sociedad que se va configurando, ya queda poco margen para la legitimidad y admiración de dudosos héroes individuales, los hábitos sociales colectivos se van imponiendo al compás de la instalación de grandes fábricas y lugares de trabajo con cientos de obreros en igualdad de condiciones, un imaginario estructurado sobre la valoración del trabajo y el esfuerzo va convirtiendo sus gestas épicas en mañas de un vividor despreciable.
Es precisamente en ese fin de los años 20 que comienza el despegue final del fútbol. Ese juego impuesto por los laboriosos ingleses, eminentemente colectivo, estaba posicionado ya de forma inmejorable para convertirse en objeto de identificación de multitudes colectivizadas por la estructura productiva naciente.
El obrerismo que instalan en la cultura proletaria los viejos anarquistas, socialistas, comunistas y luego el propio peronismo impiden la explotación de las empresas como canalizadoras de identificación deportiva; el barrio de obrero y “pequeñoburgueses con sudor en sus frentes” se convertirá en el articulador de esa identificación. Los clubes serán los representantes de cada recorte de zona de la ciudad, ayudando incluso a establecer criterios para definirlas. Luego polarizaciones sociales se reflejarán en algunos enfrentamientos entre esos clubes, generando simpatías más allá de las inscriptas territorialmente.
La industrialización sustitutoria de importaciones se convierte en política oficial con el peronismo, junto con la utilización del deporte como pauta visible y contante de progreso.
Este proceso nos deja a fines de los 50 con todo lo necesario para la conformación de los nuevos “malevos”: las barras.
Las barras serán, en los mismos territorios dominados ayer por los taitas, verdaderos guapos colectivizados. La nueva estructura social no elimina las necesidades de identificación burdamente masculinizada; por el contrario, la fábrica la refuerza, sólo que le imprime su carácter colectivo.
No sólo ni principalmente en sectores obreros, también y especialmente en las clases medias (principalmente sus estratos más bajos), que por no soler generar demasiado para sus propios imaginarios lo conforman con elementos tomados de arriba y de abajo. Las barras se convierten en un referente ineludible para cualquier integrante de las nuevas generaciones que quiera valorarse socialmente en su medio, ya sea integrándolas (aquellos que son aptos) o imitando sus gestos.
Las barras ocuparán la geografía urbana de diversas formas: la esquina, el café, el pequeño club; pero la reina de esas barras será la defensora del barrio en aquel canalizador de identidades colectivas que se ha convertido el fútbol. La “barra brava” es el colectivo por excelencia a la hora de mostrar potencia fálica.
Como buenos “malevos colectivos” son las dueñas de territorios para propios y extraños, de zonas, de tribunas, de paraavalanchas. Defienden sus “trapos” con el mismo sentimiento de honor en juego con el que el cafiolo defendía a su “mina de oro”. Un taita sin mina para defender no era un taita, como una banda sin trapos es una banda cobarde. También sus relaciones con la política son tan viles y serviles como las de aquellos matones embellecidos por Borges.
Hasta aquí nada del otro mundo, nada que preocupe más que sus antecesores individuales (más allá del aumento de la peligrosidad que implica la “masa” dispuesta a entrar en acción). Así como aquellos individuales guapos tenían su propia nobleza, las barras la tenían en sus primeras décadas.
El problema principal surgirá no tanto de la dinámica de sus evoluciones como de los cambios en la sociedad que les ofrece un lugar significativo de existencia.
La estructura social en la que nacieron sufrió (nunca mejor utilizada la palabra) cambios enormes a partir de la política económica aplicada por la última dictadura militar. La industrialización sustitutiva de importaciones fue atacada muy duramente con una excesiva apertura que buscaba “seleccionar” mediante la competencia con importados a los “más aptos”. Para el año 1981 (en el que renuncia el ministro de economía Martínez de Hoz) el PBI industrial había caído un 20% y la pobreza había alcanzado el 29% (en 1975 era de algo más del 6%).
Durante los 80 ya se sienten los cambios, el resquebrajamiento estructural comenzó a producir desarticulaciones subjetivas. Muchos códigos conductuales propios de una sociedad que pondera hábitos laborales comienzan a erosionarse.
Esto se refleja en las barras. Actitudes consideradas cobardes hasta hacía poco, ahora pasan a ser habilitadas: utilizar elementos para provocar daños a distancia (piedras y luego armas de fuego), atacar a grupos numéricamente muy inferiores o incluso a una sola persona que hasta podía no ser miembro de una barra. La mísera lógica de la supervivencia individual que nace de la destrucción de la estructura productiva llega a todas las formas de representación e identificación social.
Como ya podrán derivar de lo dicho hasta aquí, lo peor llegará en los 90. La caída de la URSS dispara cambios en los imaginarios de todo el mundo. Es el comienzo de todos los “fines”; el fin de la historia, de las ideologías. Las grandes construcciones subjetivas que cargaron de sentido las vidas humanas durante décadas fueron expulsadas de la realidad o empujadas a sus márgenes. La cotidianeidad seca desplaza a toda generalización de la vida, la pequeña anécdota insignificante (palabra que aquí cobra todo su sentido) a los grandes relatos. El vacío de construcciones significativas que otorguen sentido a la vida empuja a buscar reemplazos que podríamos llamar “artificiales”. La lucha ficcional se ofrece mediáticamente como remedo de la ya considerada anacrónica. El fútbol está inmejorablemente posicionado para liderar este remedo de sentido.
El desmantelamiento de los tradicionales articuladores significativos de la vida social (asociaciones, clubes de barrio, partidos políticos militantes, relaciones de vecindad, etc., etc.) produce una retracción de las relaciones cara a cara. Hasta el club de fútbol pierde su carácter de “club” para el hincha, quien lo abandona como ámbito donde vivir su cotidianeidad, pasando a identificarse pasivamente con once camisetas.
El fútbol permite vivir, sin hacerlo, un mundo grandilocuente, socialmente consagrado a través de los medios como un mundo “serio”, altamente significativo, lleno de conflictos, intereses, triunfos y derrotas. Un mundo que carga vidas grises de colores emotivos, de penas y alegrías, bronca, indignación, furia, euforia y entusiasmos. Podríamos preguntarnos seriamente cual sería el porcentaje de emociones que habría perdido nuestra vida si no fuéramos hinchas de fútbol.
Pero todo ese cúmulo de sentido cargado por el fútbol, lo es sólo en cuanto identificación con el accionar de otros, pasivamente despegada de mi vida diaria, de la realidad de mi existencia concreta. Como bien lo señaló alguna vez Raúl Gámez los hinchas de antes “éramos hinchas del club, ahora sólo son hinchas de la camiseta”. Hoy el club no es un lugar más donde concreto diariamente mi vida, es sólo una entelequia indefinible con la que me identifico.
Pero así, desprendido de mi vida, esa identificación es deficitaria, ficcional, artificial. Requiere ser reforzada, y al imposibilitarme una concreción claramente defendible, el reforzamiento de esa identidad pasa por el otro. El peso de la identidad como hincha está en la delimitación rabiosa del adversario. La ausencia de un propio campo fuertemente significante empuja al hincha a buscarse en la descalificación del rival. La tendencia, cada vez más creciente cuanto más joven es el hincha, es a graduar la calidad de adhesión a una camiseta a partir de la cantidad de odio y descalificación que se escupa sobre el rival. La negación de la condición de igual en el otro, es el máximo de posibilidad en mi propia condición de simpatizante de un equipo.
Cualquier actitud positiva, cualquier expresión elogiosa sobre algún rival es violentamente tachada como signo de que la adhesión al propio club es al menos débil. ¿Cuánto hace que un jugador o un equipo rival es aplaudido por su buen juego? Es que hasta el juego se ha vuelto secundario, al punto que es común en clubes como Vélez (que históricamente se ha jactado de haber descendido por mantener la honestidad) que se reclame a los dirigentes por no haber comprado un partido clave. También es notorio como el conocimiento estrictamente futbolístico de los hinchas se ha pauperizado, y no porque lo desarrollen sobre objetos más elevados. Sencillamente la cuestión pasa hoy por otro lugar: lo que importa es el “mundo del fútbol” y no el fútbol mismo. El fútbol parece absolutamente intercambiable por cualquier otro juego. Pareciera que si alguien fuera capaz de ubicar en el lugar social que ocupa el fútbol al waterpolo todo seguiría su curso sin demasiadas modificaciones.
Esta ficción de identidad que por su carácter artificial requiere ser reforzada negativamente, se realiza en el marco de desarticulación, retracción y consecuente atomización social que hemos descripto. La delimitación del otro se convierte en los sectores más violentos en su destrucción.
Ya no se trata de “defender los trapos”, castigar los excesos de osadía, hacer valer la localía, “hacer respetar” o ver “quien se la banca más”. No, todo aquello que refiera a alguna autoafirmación (aunque sea frente al otro) ha perdido valor en la construcción identitaria del hincha. La construcción de uno pasa casi exclusivamente por la destrucción del otro. Las cobardías de ayer son las guapezas de hoy, y hasta sirven para ganar terreno en el interior de la propia hinchada.
Los códigos aún supervivientes son definitivamente suplantados por códigos de tipo mafiosos entre cúpulas de las barras, debajo de ellos, de lo que se trata es de la destrucción del otro.
Es en este cuadro cada vez más caótico y embravecido que fermentan las tormentas que luego lamentamos todos los que miramos las nuevas olas y ya somos parte del mar.

Alejandro Irazabal

¿Crimen Perfecto?

Cuando al palco de prensa de San Lorenzo llegaron las primera informaciones aclarando que el desbande que la parcialidad de Vélez estaba provocando no era en respuesta de una orden policial de quitar las banderas, la discusión general pegó un giro radical: de asegurar que le “quitarán puntos a Vélez” se pasó a la pregunta “¿a quién se lo penará con esa quita?” Salvo los periodistas partidarios del club, nadie dedicó un segundo a las diversas posibilidades de esa muerte, a intentar ponerle un rostro, una historia, un entramado de relaciones afectivas. La muerte es ya un elemento más en la competencia, hasta con un posible efecto directo en la tabla de posiciones, hablar de una muerte es ya “hablar de fútbol”.
Obviamente, luego cada uno de esos periodistas ingresaba a la cabina a salir al aire a lamentarse amargamente del trágico hecho, para volver rápidamente al pasillo a recabar las últimas informaciones: “¡Los de Huracán! ¿Corresponde quita de puntos si fue desde La Quemita?” Los más “concientes” elevaban su preocupación: “¿Se parará el fútbol?”
Pero quienes siempre se negaron a castigar duramente con reducciones de puntos (al menos en la máxima categoría), salieron a calmar los ánimos: “esto es un hecho delictivo común, ajeno al fútbol”. En otras palabras: a mi no me miren. Del lado del Estado, con la misma urgencia de zafar (el crimen se produjo en la calle y bajo supuesta custodia policial), reafirmaron curiosamente la misma idea. Para colmo de sus males, Vélez había salido a darle duro al responsable nacional del área, diciendo muy poco de la entidad presidida por Grondona (descartamos que atendiendo a evitar una posible quita de puntos, ya que las declaraciones del vocero de AFA parecían alejar esa posibilidad)
¿Se resquebrajó algo de la relación de Vélez con el gobierno? Aunque por algo no se enfrentó a las cámaras quien suele hacer su tradicional gira mediática cada vez que algo de Vélez tiene trascendencia nacional, tampoco fue el presidente ni algún vice. No, fue el Secretario de Actas el encargado de recorrer los medios poniendo la cara a algo tan delicado. ¿Fue elegido este directivo por su especialización en derecho penal? Nada de lo que dijo mostró la necesidad de poseer ningún conocimiento demasiado profundo sobre el tema.
Ni siquiera agregó mucho al juego al que nos entregamos todos: competir para ver quien es el mejor Dupin.
Las primeras hipótesis señalaban el interior de La Quemita y por ende, a la hinchada de Huracán. Hasta se habló de una supuesta “incomodidad” que los hinchas del Globo habrían sufrido en su visita al Amalfitani para presenciar un intrascendente partido por la última fecha del campeonato.
Luego se vio a tipos tirados entre los pajonales cercanos al predio de Huracán. Pero la falta de racionalidad de esta hipótesis llevó a hacer partir los disparos de una parrilla vecina en la que pararían miembros de la barra de San Lorenzo (otros afirman que del Globo). La Butteler tendría un sector rival que necesitaría realizar acciones fuertes para ganar terreno en la interna. Al mismo contexto respondían las acciones del Fiat (Uno para algunos, Duna para otros, para todos blanco), un 206 negro y hasta una Fiorino. Estos autos habrían provocado buena parte del viaje a los “custodiados” micros de Vélez y, más por extensión lógica (o por el deseo de que “sean de San Lorenzo”) que por algún elemento concreto, terminaron señalados por dedos acusadores no muy acompañados por ojos (ni por cerebros). Luego la moto cerca del Amalfitani “marcando” cuales eran los micros de la Pandilla. Después de determinar que eran los últimos dos, habrían mostrado gestos amenazantes y se adelantaron rabiosamente a dar los datos. Pero los micros de la Pandilla no salieron y los últimos de la caravana habrían sido como “dobles involuntarios” de la barra. En uno de ellos iba Emanuel.
Más tarde se dijo que fue a la derecha del micro, después que fue a la izquierda, que “¿por qué nadie del micro habla?”, “hablan los del de atrás, los del de adelante...”, que la bala entró a 30 cm., etc. La infaltable tendencia a convertir a la víctima en victimario, tendencia tranquilizadora: si la víctima o su entorno “hizo algo”, si yo no hago nada similar yo no estaré nunca en ese lugar, las cosas parecen quedar en mis manos.
Pero alguien del micro, íntimamente, habló. Contó como Emanuel tenía medio cuerpo afuera, como entró otra vez completamente al ómnibus, como cayó sobre su amigo, “gordo, dejate de joder”, todo parecía otra tonta broma típica de un chico lleno de vida; pero no, esta vez alguien se la vaciaba, se quejó de un ardor, pidió agua, pidió bajar, no pudo pedir por su vida, tal vez ni notó que se la habían sacado.
Pero la peor de las posibilidades es alguna que los Holmes en que nos hemos convertido no nos animamos a imaginar, tal vez por excesivamente aterradora, porque nos sumiría a todos en un estado se inseguridad casi ontológica: ¿y si este es un “crimen perfecto”? El crimen perfecto es el que no tiene ni siquiera móviles, ni siquiera el disparate de ser miembro de otra barra ¿Cómo develarlo? ¿Por dónde empezar? El crimen por el crimen mismo, el que ni siquiera en el momento de ejecutarlo se piensa como tal, como aquellos chicos que mataron tirando piedras a un tren sin que jamás se hayan enterado de que lo hicieron. ¿Habremos llegado a tanto? ¿Todos nos devanamos los sesos buscando hipótesis porque necesitamos creer que aún no caímos en el abismo del absurdo? Posiblemente deseamos que esto se esclarezca no sólo por llevarle justicia a Emanuel, sino también por nosotros mismos.
Si en este caso no se trata del mero absurdo de la muerte, todo indica que seguimos camino a ello. ¿Alguien notó algún cambio en relación a muertes anteriores? A un lado está la hinchada de River esperando festejar un triunfo, del otro lado la de Vélez que gritará cada gol exactamente igual que el anterior a este crimen, hasta quien escribe los gritará. Luego de los homenajes de rigor, todo seguirá su curso, como siguió Emanuel cuando las víctimas fueron Ulises Fernández o Gustavo Rivero, así seguimos nosotros, y si nos toca ser los próximos, seguirán los demás, nada en el horizonte nos esperanza en algún cambio. Si existiera algún apostador cínico le recomendaría jugarse todo a que esto se repite nuevamente, me lo agradecería con los bolsillos llenos. Otra vez el show debe continuar, otra vez por la misma razón de siempre: se cobra entrada.

Alejandro Irazabal

martes, 4 de marzo de 2008

Amalfitani 83 - Gámez 16

Cada vez que se realiza una encuesta histórica en Internet se señala el mismo sesgo: Internet tiene un promedio de edad bajo y los jóvenes no vieron a tal o a cual. Con ese argumento, por ejemplo, se le dio un premio especial a Pele cuando Maradona lo arrasó en una encuesta de la web de la FIFA hace algunos años.
Pero parece que en Vélez la transmisión generacional de principios e identidad tiene una fuerza que enorgullece. Una de las páginas más visitadas y completas de las numerosas webs fortineras (www.dalefortin.com.ar) emuló el programa televisivo de Mario Pergolini y desde hace unos meses está realizando “El Gen Fortinero”.
En dicha encuesta han participado más de 26.000 personas, y hasta aquí los resultados habían subrayado las dudas que señalamos en el primer párrafo: en cada rubro ganaron los protagonistas de los dorados 90.
Pero llegó el turno de elegir al presidente paradigmático de Vélez Sarsfield. Los finalistas fueron José Amalfitani y Raúl Gámez, el mítico constructor del club versus un presidente que logró ligar su imagen a los triunfos de la década pasada conseguidos durante las presidencias de Petracca y Gaudio.
Sabíamos que en la selección de los finalistas ya la diferencia había sido enorme en favor de Don Pepe, pero en el mano a mano esperábamos un margen menor. No fue así, Amalfitani se impuso por el 83,7% contra sólo el 16,3% de Gámez.
En vista de que los reparos que genera una encuesta digital juegan en contra de la posibilidad de estos resultados, el posible sesgo los engrandece aun más, y nos llena todavía de más satisfacción. No porque nos alegre la derrota de nadie, sino porque refleja que los principios que Don Pepe implica (un club con función social, al servicio de la comunidad a través de la cultura y el deporte) están vigentes al máximo en las nuevas generaciones de velezanos.
Sin embargo, parece que para algunos una diferencia tan abismal no debe reflejarse en cantidad de bronce y reparto de nombres a instalaciones.
Además de lo innecesario que es homenajear con bustos y bautismos a los aun activos (estos homenajes son formas de poner como ejemplo a lo mejor del pasado para que guíe en su accionar a los que actúan en el presente, por lo que si alguien aun es parte de la actualidad debería alcanzar su accionar para ser juzgado y oportunamente seguido), las diferencias abismales entre la adhesión a un estilo (el socialmente activo y constructivo) y el otro (la reducción de Vélez a la pasiva observación desde una tribuna de lo que otros actúan) no habilitan igualar en nada a los personajes que los representan.
Acercándonos a los 40 años de su muerte, Don Pepe es aun hoy inigualable, es el mito originario de Vélez Sarsfield. “Amalfitani” es uno de los sinónimos que tiene el nombre de nuestro club. Ello no sólo implica que Vélez aun tiene una identidad social y deportiva que respetar, sino también que se debe seguir manteniendo la distancia de su figura con la del resto de los dirigentes del presente y del pasado de nuestro club.

Alejandro Irazabal

viernes, 4 de enero de 2008

La Pileta, Una Demostración de Totalitarismo

Quienes nos oponemos a la destrucción de la cancha auxiliar para construir en ese lugar una pileta no lo hacemos por mero capricho, tan sólo nos expresamos como socios del club. Estamos seguros de que Adolfo Chutchurru y quienes lo secundan, al igual que otros dirigentes, quieren lo mejor para Vélez. Entonces nos preguntamos ¿Por qué no escuchan? ¿Quienes les hicieron creer que son magos y sabios infalibles? Lo grave es que parece que se lo creyeron...
Chutchurru, en el año 1993, se hizo cargo del Departamento Deportivo del club. En su favor se puede decir que lo peor de los 90, (la etapa que se inicio en 1996) le toco a él. Después vino De La Rua al país, y para Vélez sobrevivir a ese desastre fue casi milagroso. Siguió Duhalde, la devaluación y el fín de la pesadilla para los clubes como el nuestro. Nos licuaron la deuda de 45 millones de dólares a pesos; vendimos en dólares; casi todos los jugadores eran del club, de nuestras inferiores. Con sólo un poco de sentido común se hizo el milagro. Reconocemos la audacia de haberse hecho cargo del barco cuando podía naufragar y tratar de llevarlo a tierra firme. Hoy, viendo el resultado, decimos que Vélez se colocó el salvavidas y se mantuvo a flote. Pero se conformo con el salvavidas, nunca se animó a aprender a nadar bien; el déficit operativo mensual, así lo demuestra; y no siempre puede aparecer un Rey Mago de Oriente para operar el milagro.
Para aprender a nadar bien hay que recurrir a un profesor, no se puede hacer todo sólo. Porque de esa manera sólo se bracea, se chapucea, se mantiene a flote. El profesor orienta, corrige errores, saca defectos. Quien recurre a un profesor tiene que escuchar y analizar lo que dice. Nosotros no somos profesores, sólo damos una opinión, pero por ahí somos tan locos que en algo podemos llegar a tener razón. Sólo pedimos que escuchen: le dijimos que la Spinetto era una reliquia del club, que lamentablemente nunca se usó y que por eso era propiedad de las palomas. Reconocemos que una de las palomas (la blanca con dos pintitas negras) ya tiene derecho a ser vitalicia. Le dijimos que ahí entrenó y jugó el único equipo de la historia del club Campeón del Mundo, y ahora agregamos que dentro de un par de años se puede realizar en el país otro Mundial, o los Juegos Olímpicos, o al menos (eso se rumores) una Copa América, y a nuestra cancha, con su ubicación de privilegio, con la bajada de autopista a metros, la van a dejar de lado por no tener un campo auxiliar acorde, como exigen los reglamentos.
Una pileta al lado de una autopista en un club con fútbol no parece segura. Dijimos que nos gustaría que el Polideportivo se amplíe hacía al Este. Dijimos que hubiese sido mejor para el "Poli" una confitería con vista a la calle. Dijimos que el lugar donde se construyó la cancha sintética de hockey no era el ideal... Dijimos tantas cosas, pero no escuchan a nadie. Creen que quien vierte una opinión contraria a la de ellos, es un enemigo. Y por lo tanto, como atodo enemigo, hay que destruirlo, porque atenta contra Vélez. Es más, algunos comunicadores oficiales dicen, muy sueltos de cuerpo, que si ellos fuesen administradores actuarían exactamente igual. Ojalá puedan recapacitar y aprender que ese no es el camino.
A veces nos preguntamos qué se juegan con estos caprichos ¿Posicionamiento político?, ¿El pan nuestro de cada día? ¿Poder? Todas preguntas sin respuestas. Nada de lo que se dice por la "cadena oficial" o en asambleas, donde previamente se arma todo un circo, pueden llegar a convencernos. Decía Chutchurru por la "cadena oficial" que el lugar para construir la pileta es ese porque nos asegura 3500 socios que van hacer uso de la misma. Quiero creer que cuando dice que el lugar es ese, se refiere al "Poli" y no precisamente a la Spinetto, porque, por ejemplo, no veo la diferencia si se hubiese construido en la cancha 2, y también se usaban los famosos vestuarios. Cuando habla de los 3500 socios no me voy a poner a discutir una afirmación semejante porque pienso que deben de haber hecho los correspondientes estudios para que eso suceda. Pero por si les interesa mi pensamiento, no creo que así sea, creo que va a concurrir más gente en invierno que en verano. Hoy día la pileta en los clubes se usa más como alternativa deportiva y de salud que como alternativa veraniega.
No quiero ni pretendo ponerme como los radicales de los años 90, que se abrazaban a los árboles cuando se iba ampliar la Panamericana, debido al crecimiento del parque automotor, en defensa de la naturaleza. Una Panamericana que hoy esta quedando nuevamente chica, al igual que la autopista que circunda nuestro club. ¡A ver si todavía este caprichito nos sale caro! ¿Qué pasaría si el Gobierno de la Ciudad quiere ampliar un carril o dos de la autopista y todo el trabajo se hace en vano? Queremos suponer que lo deben haber pensado.
Hay tantas cosas que nos separan en la visión de club que anhelamos que al ver ese santuario histórico que para los velezanos representa la Spinetto no pude dejar de preguntarme ¿Por qué? ¿Por qué esta soberbia de no escuchar a nadie? Alguien me dijo una frase que se usa mucho hoy en día: "Es lo que hay". Espero que no sea por mucho tiempo. A Don Victorio Spinetto y a la historia velezana, como socio, quiero pedirle disculpas. Otros quizá le dirán: "perdónalos, no saben lo que hacen". Y termino con una pregunta que no dejo de repetirme: ¿A estos dirigentes, la historia los absolverá o los juzgará? El tiempo, sólo el tiempo, dará el veredicto.

Angel García

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Lo que Deja la Renuncia de Hugo Basilotta

En estos días hemos recibido la confirmación de la renuncia a la aspiración de presidir el club de Hugo Basilotta. El propio implicado lo dejó claro en declaraciones radiales.
La noticia no es buena desde ningún punto de vista, tanto en si misma como por lo que develan las circunstancia que la rodearon y aparentemente la generaron.
Hugo Basilotta es un empresario integrante de una familia ligada a Vélez desde hace muchas décadas. Durante muchos años apoyó al club y a los medios que lo difunden desde su aporte publicitario, la mayor parte de esos años no poseía aspiración política alguna. El actual oficialismo lo convenció de formalizar de algún modo este permanente apoyo a Vélez transformándose en Representante (luego de que Basilotta rechazará un lugar muy superior).
Desde allí su aporte a Vélez creció enormemente, mostró su capacidad de gestión con acciones concretas, una de ellas nada menos que convencer a Ramón Díaz de que debía tomar a Vélez como técnico.
Pero la estructura de liderazgo carismático del oficialismo chocó con él, es un modo de organización humana que no admite competencias en protagonismos, por más buena intención que los movilicen.
Desde entonces Basilotta debió buscar canales alternativos para seguir apoyando al club, se convirtió en un opositor. En poco tiempo fue el principal referente de la oposición en Vélez.
Hoy, en una decisión errada decide bajarse de ese lugar. Lo más grave es que lo hace por considerar que la política del club esta viciada, y el conoce muy bien al oficialismo y a parte de la oposición, allí está lo más preocupante.
Si vemos que muchos otros hombres valiosos para Vélez se niegan a entrar en la política del club y con ello quedan permanentemente afuera de los lugares claves de decisión, no nos queda más remedio que darle algo de razón.
El resultado de todo esto es que el Gámez - Basilotta que se veía en el horizonte del 2008 hoy se ve despoblado de ambos contendientes, las opciones son entonces de menor valía. Esto especialmente en el oficialismo, cuyos mejores hombres siempre se autoanularon debajo de un líder con el don preciado de la seducción política. Ello daba a la oposición una enorme posibilidad de cambiar el rumbo del club. Hoy la ida de Basilotta deja a este sector en la incertidumbre, muchos que le prometían fidelidad han corrido a cobijarse en el oficialismo, lamentablemente nada menos que la agrupación que gobernó al club durante más años.
La oposición debe recomponerse y mostrar una unidad fuerte y capaz, hombres sobran, basta nombrar a Don Ricardo Petracca ¿No podría ser la prenda de unidad que enfrente al oficialismo con fuerza? También nos permitimos rescatar nuestra idea de una interna abierta que genere en si un movimiento de socios que se vuelva activo a favor del club.
Si alguna de estas alternativas (u otra) se concretara y la oposición llegara a la conducción del club, una de sus prioridades debe ser recuperar la colaboración activa de hombres como Hugo Basilotta, que sus intenciones de ayudar a Vélez no mueran en manos de una política interna devoradora de los mejores hombres. Hay lugares importantísimos no electivos, como encabezar departamentos que se quieran desarrollar al máximo. Pero de ningún modo podemos seguir perdiendo a nuestros mejores elementos en manos de los choques estériles entre velezanos.

Alejandro Irazabal

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Licenciados en Arcología

Los velezanos estamos atravesando una experiencia que resultará enormemente enriquecedora, vamos en camino a convertirnos en expertos especialistas del arco. Así como durante años la platea de Independiente fue famosa por su gusto exquisito por el toque, la parcialidad de River por su predilección por el juego ofensivo, la de Boca por impulsar la garra en sus jugadores o la de Estudiantes por valorar las estructuras defensivas; los hinchas de Vélez vamos en camino de hacernos famosos como perfeccionistas del arco.
Ya me imagino en el futuro a arqueros llegando al club declarando cosas como: "Para mi es un desafió enorme venir a esta institución, todos sabemos que el hincha de Vélez esta los 90 minutos con los ojos sobre su propio arco". Muchas veces hemos dudado de la existencia de una identidad futbolística propia de los fortineros, ahora parece que vamos en camino de encontrarla, pronto seremos "arquistas".
El nacimiento de nuestra especialización es producto de la actitud que hemos tomado ante Sebastián Peratta. Cada gol que recibe nuestro equipo es sometido a un análisis meticuloso que no tiene antecedentes en nuestro club (y creo que en ninguno).
Ante un mismo gol se han armado debates entre eminentes representantes de "escuelas" distintas, algunos decían: "debió salir antes", otros: "no debió salir"; ante otro escuche de sabios labios un "no cubrió el segundo palo" (!?). También se le critica supuestas deficiencias en los centros (el último arquero efectivo en los centros que vi en Vélez fue Navarro Montoya) o se mide la velocidad de sus piernas, o su ubicación en el campo cuando la pelota está en el campo rival, y seguramente no debe faltar alguno que este observando atentamente esa extraña leve inclinación del torso que presenta cuando sale al campo de juego.
Desde acá me atreveré a hacer algunas sugerencias para perfeccionar aún más esta nueva especialización en la que nos estamos formando. Primero, es indispensable el análisis comparativo, podríamos hacer el mismo seguimiento minucioso con todos los arqueros del fútbol argentino y compararlos con el nuestro. Luego, el mismo ejercicio deberíamos hacerlo (videos mediante) con arqueros anteriores de Vélez, tal vez nos sorprendamos y valoremos lo que tenemos de otro modo.
Para colmo la llegada de un arquero en los últimos días profundizó aún más esta histeria analítica arqueril. No dudo de las condiciones de Montoya, pero recordemos que cada año arqueros de equipos descendidos se lucen, es muy difícil no hacerlo cuando te llegan 20 veces por partido. Para saber quien es realmente Motoya debemos ver si está a la altura del arco de Vélez, cosa que Paratta demostró más veces de las necesarias para que se lo deje en paz.
Pero la pregunta es ¿A que debemos el despertar de este profundo interés analítico por nuestro propio arco? ¿Al hecho de que se dice que a un influyente dirigente no le gusta? ¿O tal vez la educación que los velezanos tenemos sobre la importancia de los inferiores nos haga sospechar de un arquero que no paso por ellas?
Estas son posibles razones del emerger de la comprensión de la importancia de cada cosa que pasa debajo de nuestros tres palos. Pero en mi opinión una de las causas principales de la intolerancia ante el 1 de Vélez está no en algún defecto sino en una virtud: Peratta no es un arquero tribunero. Peratta deja una imagen de simplicidad en pelotas que no la tienen. Cosa rara en un arquero, que por lo general, junto con los centrodelanteros, son los jugadores más individualistas. Peratta es un jugador con un sentido colectivo incentivado al máximo (tal vez porque no se formó en su infancia y adolescencia en ese lugar).
Hace un tiempo en una entrevista a nuestra revista nos decía: "hay arqueros sensacionalistas y otros preferimos hacer las cosas lo más simple posible porque consideramos que es lo mejor para el equipo, tratar de no dar corners por hacer una volada espectacular, tratar de no agrandar a los contrarios haciéndoles creer que están cerca de hacernos un gol, yo busco todo lo contrario, que gracias a esa simpleza el equipo se sienta cada vez más seguro".
Por suerte Peratta tiene una masa de hinchas que lo defienden como lo merece, las encuestas en internet de tres webs velezanas lo demuestran, entre ellos me situó yo con esta nota que finalizó con la siguiente paráfrasis de Bianchi: Peratta es uno de los cinco mejores arqueros del país, pero todavía no encuentro a los otros cuatro.

Alejandro Irazabal